Domingo T.O. II. A: “Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

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En este segundo domingo del tiempo común de la Iglesia, Juan sigue dando testimonio de Jesús, el Mesías; y con su testimonio nos convoca a disponernos a recibir al Cordero de Dios, Jesucristo-Luz-de-las naciones que asume nuestras dificultades, nuestros pecados y nos da su perdón, nos alivia, nos sana y nos devuelve nuestra dignidad.

Si en su bautismo Jesús se hizo conocer a todos; y con ello, comenzó su misión universal, la de salvar y de restaurar todo el universo. En la primera lectura, Isaías (49, 3-6) anuncia al Señor como el siervo humilde de quien Dios se contenta, Él es quien restablece a los pueblos, reconcilia a las naciones. En efecto, en Cristo, las naciones volverán a tener su verdadero rostro, y cada ser humano su verdadera dignidad. Dios hace de Cristo la Luz de las naciones. En él somos “valiosos ante los ojos de Dios y Dios ha sido mi fortaleza” (Is 49,5). 

Ser luz de los pueblos es una misión que nos toca también a todos los que creemos en Cristo. Podemos evaluar de qué modo estamos propagando la luz de nuestro Dios en las familias, en el barrio y en todos los lugares donde trabajamos.

Hagamos nuestra la afirmación del salmista: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad (Sal.39). Por eso, en vez de avergonzarnos de nuestra fe, seamos entusiastas para hablar del amor de Dios que arde en el corazón de cada uno/a.

El comienzo de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, el apóstol desea la paz a sus hermanos queridos. Este saludo debe inspirar nuestra manera de tratarnos entre nosotros: La gracia y la paz de parte de nuestro Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con Ustedes… Este saludo es el que abre todas nuestras misas… El deseo de la paz y del amor para los demás es la manera especial que tenemos los cristianos para de saludarnos mutuamente. Desear la paz a los demás es ser anunciador del reino de Cristo.

San Juan Bautista nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y, lo más importante de todo es que Juan da testimonio de él por haberlo visto y porque lo ha encontrado de verdad. Juan conoce a Jesucristo y lo presenta con agrado. Porque “conocer Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquiera persona, haberlo conocido es lo mejor que nos haya ocurrido en la vida y darlo a conocer por nuestras palabras y obras es nuestro gozo” (Aparecida,29). Hemos encontrado a Jesucristo. Eso está bien. Hemos experimentado su amor en nuestra vida, es muy valioso… Seguir dando a conocer el amor de Cristo, esa es nuestra tarea. Dejémonos guiar por el Espíritu de Dios que, todos los días de nuestra vida, nos ilumina para estar al servicio de los hermanos.

Pidamos a Dios la gracia de serle fieles y leales en cada uno de nuestros compromisos para que su amor nos impulse a salir de nosotros mismos para llenarnos de Él. Para que todo lo que hagamos nos lleve a extender el reino de Dios: a difundir la entrega generosa de Jesucristo que nos abre al camino de la felicidad y de la realización sin fin.  ¡Que María nuestra Madre nos conduzca a Dios, nuestra única esperanza y nuestra razón de ser por quien todo lo podemos y de quien todo lo recibimos! ¡Que Dios Espíritu Santo ilumine nuestra fe para que estemos siempre listos para proclamar la verdadera libertad que nos viene del Padre celestial!

P. Bolivar Paluku, aa.