Domingo IV, Cuaresma A: JESUS NOS SANA. EL es la luz QUE DEVUELVE LA VISTA A LOS CIEGOS.

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 Jesús se nos presenta como la luz del mundo. Y toda persona que decide caminar en los senderos de Cristo, es iluminada por esa misma luz de Cristo: “Yo soy la luz del mundo,  dice Jesús, quien  me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,  12).  ¿Cómo revela esta realidad de ser luz del mundo? Por sus obras y sus palabras. Hoy, en un ambiente de “cuarentena mundial” por el coronavirus, nos toca contemplar la experiencia de la sanación  del ciego que nace de la misma iniciativa de Jesús. ¡Que bien tenerte a Ti Jesús como Nuestro Sanador, por excelencia!
 
En el evangelio,vemos una linda interacción  entre Jesús y el ciego: éste sigue la indicación de Jesús y recobra su vista. Incluso alcanza a dar testimonio de lo que le ha sucedido. Como para recordarnos que “la conducta del cristiano debe testimoniar del bautismo que ha recibido, debe atestiguar con sus obras que Cristo es la luz no solo de su mente y de su corazón, sino la luz de toda su vida.” En estos tiempos de incertitumbres y de oscuridad, Jesús en nuestra Esperanza y nuestra Luz.
 
En  la sanación del ciego se manifiesta la presencia restauradora y sanadora de Cristo. El ha venido de parte de Dios para que se manifiesten las obras del mismo Dios. La señal de que Dios realiza sus obras en el mundo es que los ciegos ven, los enfermos recobran su vista,  los cautivos su libertad. 
La verdadera ceguera y la verdadera enfermedad es la incredulidad: no creer en Dios; no reconocer en Jesús el enviado de Dios, esa es la peor enfermedad.  Y  a mí, ¿de qué quiero que Dios me sane hoy?
 
Las tinieblas del error  y del mal nos asechan  día y noche para distraernos en nuestra fe y en nuestras prácticas cristianas.  Aunque no tenemos posibilidad de reunirnos en los templos, debemos vivir alertas  y vigilantes para no dejarnos vencer por la oscuridad de la superficialidad y así  profundizar en   nuestra pertenencia a Dios y fortalecer nuestra confianza en su Providencia. Felizmente,  Jesús se ha quedado en medio de nosotros. Hoy, El vive en  nosotros. Y su luz ilumina nuestros corazones para que nada nos atormente. 
 
“Mientras estoy en  el mundo,  soy la luz del mundo”(Jn 9, 5).  Esta luz de Jesús es la que ha abierto los ojos al ciego, la que le ha permitido creer hasta dar lecciones a los fariseos quienes eran los grandes cumplidores de la  ley, pero que no alcanzaron a dejarse guiar por Jesús. Al leer este evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38) nos damos cuenta de que Jesús nos invita claramente a reconocer nuestras oscuridades,  nuestras cegueras, y a invocarlo a Él en nuestras vidas para que pueda disipar nuestras tinieblas: las tinieblas de la tristeza, de la desesperación,  del mal, de la envidia, de la mediocridad, de la falta de fe, de la irresponsabilidad, del odio, etc.  A la vez, se nos abre una posibilidad de renovar nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel que es capaz de salvarnos de todo tipo de angustia. Estamos llamados a confiar plenamente en la Fuerza liberadora y Sanadora de Dios.
 
¿Cuál es mi ceguera? ¿Qué me impide ver a Dios? ¿En qué momento de mi vida ha sido Jesús quien ha salido a mi encuentro? ¿Cuál debe ser mi actitud ante la sanación del ciego por  Jesús? Que Dios vivifique en  nosotros la luz de su Palabra y que Él quite de nosotros la ceguera del alma que no nos permite ver el para que de las cosas que pasan en nuestras vidas. ¡Que la Sabiduría de Dios ilumine y acompañes a todas la personas que se sacrifican en luchar contra las enfermedades!
 
P. Bolivar Paluku Lukenzano, aa.