Reflexionando en este domingo XXX, A: Amar a Dios en los hermanos y amar a los demás que son el espejo del Dios vivo…

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La liturgia la palabra de este domingo XXX A del tiempo ordinario centra nuestra atención sobre el amor como fundamento de nuestra fe. Dicho amor cimentado en Dios, debe de notarse en nuestro trato con el semejante. –   

 

La ley de Dios se resume en amar a “Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Mt 22 ,37) y “amar al “prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).

 

En realidad, amar es querer vivir desde Dios, el único justo y el que nos ama entrañablemente y una manera gratuita. Amamos a Dios porque nos ha creado con amor y conserva desde su mismo amor. Más aún porque nos espera siempre para que vivamos y gustemos su cariño en los pequeños detalles de cada día. Al mismo Dios que tanto nos ama, buscamos agradar y servir. No solo eso. Estamos llamados a reflejar día a día esa misma bondad que él ha sembrado en nuestros corazones. ¿Dónde reflejar ese amor de Dios? En nuestro trato con las personas que nos rodean: las actitudes, acciones, obras, palabras y pensamientos darán a conocer el grado de amor que hay en nosotros. – Con justa razón solía decir San Agustín: “Mi amor es mi peso. Por él soy llevado donde quiera que vaya” (Confesiones,13,20).

 

La fuerza de nuestro amor se nota en nuestro quehacer en el mundo, en nuestra relación con el semejante y en nuestro respeto del medio ambiente. 

 

La exigencia de amar al prójimo, la amabilidad con la creación es la única y explícita prueba de que verdaderamente amamos a Dios. ¿podrá alguien decir que ama a Dios cuando ignora lo que les pasa a sus vecinos, a sus hermanos, a sus compañeros de trabajo o de escuela? Es en el trato con el otro y el compromiso con el cuidado del bien común dónde vivimos sinceramente el amor a Dios. 

 

Y, claramente mentiríamos si dijésemos que amamos a Dios que no vemos si descuidamos a las personas con las que vivimos (1Jn 4, 20). Solo tratando con cariño, cuidando la dignidad de cualquier ser humano, incluyendo al desconocido, al extranjero, al que no piensa lo mismo que nosotros, al que nos cae mal- respetarlo y tratarlo bien y buscar preservar su vida, estaremos acercándonos al amor de Dios por nosotros. “No oprimirás ni maltratarás al forastero” (Exodo 22,21), despreciarás a tu semejante si quieres amar y servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús” (1Tesalonicenses 1, 9-10”).   

 

¡Señor nuestro Dios, enséñanos a amarte y a servirte amablemente en cualquier ser humano, en cualquier lugar y en cualquier momento de nuestra existencia!

P. Bolivar Paluku Lukenzano, aa