Domingo XXVIII, b

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Hoy podemos preguntar lo mismo a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar el Reino de Dios?” Y la respuesta de Jesús es clara: vivir los mandamientos y ser consecuentes con lo que estos mandamientos nos indican  vivir: despojarnos del afán  de las riquezas y compartir con  los demás. Porque es difícil para los ricos entrar en  el Reino de Dios.  Pero,  ¿quién es ese rico que no puede entrar en el Reino de Dios? Todo aquello que posee algo y no se atreve a compartirlo, ese es un rico quien no puede tener lugar en el reinado de Dios. Todo aquel que acumula para sí sin importar la situación precaria de sus semejantes. 

Para eso,  hay que ser bien  sinceros para  elegir entre: aferrarse a Dios y quedar con el corazón  apegado a las cosas, a los afectos, a las pasiones o gustos pasajeros. Jesús nos invita a vivir como Él, pero nos pone una exigencia: “Va, vende lo que tiene y dáselo a los pobres” (Cf. Marcos 10,17-30). A esta invitación  o respondemos, o nos alejamos en  busca de otros caminos más cómodos  y más superficiales. Una cosa es que ya tengamos claro todos los mandamientos y que incluso los sepamos de memoria. Pero, otra cosa es ¿cómo nos mueven dichos mandamientos de Dios en nuestra vida de todos los días?  ¿Qué priorizamos: tener, acumular cosas u honores, o más bien, aspirar a centrar nuestras vidas en Dios, confiando en su Providencia? Sepamos compartir, pensar en los demás y seremos creyentes dignos.

La primera lectura nos da una pista para llegar a la altura de esta llamada de Jesús: que nos dejemos llevar por la sabiduría de Dios. Dice el autor del libro de la sabiduría: “Oré, y me fue dada la prudencia,  supliqué y descendió sobre mí el espíritu de la sabiduría” (Sabiduría 7,7).  Y como en pedir no hay engaño. Si pedimos sabiduría a Dios,  Él nos estará dando lo que nos conviene y esperamos de Él.  No se trata aquí de cualquier tipo de sabiduría. Bien, de la que procede de Dios. Dicha sabiduría es la que nos lleva a renunciar a los bienes terrenos para seguir a Jesús, el Bien y sabiduría suprema. 

Esta sabiduría divina la podemos adquirir en la escucha de la palabra de Dios: la cual es viva y eficaz, nos dice la segunda lectura (Hebreos 4, 12). Si realmente queremos aprender de la sabiduría de Dios, leamos la Palabra de Dios, meditémosla.  Hagamos que el mensaje de la Biblia oriente nuestros pasos en la vida diaria haciéndonos parte del sufrimiento y de las miserias de nuestros vecinos. ¡Que podamos despejar nuestro corazón y despojarlo de tantas ataduras para ser disponible a vivir y anunciar el reino de Dios en todo lugar y en todo momento!

P. Bolivar Paluku Lukenzano, aa.