DOMINGO XXIII, b

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¡Que nuestros ojos, Señor, estén abiertos a tu presencia y a nuestros semejantes para que venga tu Reino aquí y ahora!

Cuando la inestabilidad social, política, económica nos inquieta y nos exige mayor compromiso y mayor fidelidad en el cumplimiento de nuestras tareas; en este domingo, la liturgia de la Palabra nos insta a estar atento a la cercanía de Dios que está siempre dispuesto a socorrernos en los momentos de las dificultades. Es decir que Dios quiere que experimentemos desde nuestra realidad el gozo de su reino siendo nosotros mismos constructores de paz, justicia y de libertad a la luz del evangelio.

La lectura del profeta Isaías anuncia una buena noticia para un pueblo que no la estaba pasando bien. Los reconforta porque ya llega Dios para liberarlos, para abriles los oídos a los sordos, los ojos a los ciegos y soltarles la lengua a los mudos; incluso hará brotar agua del desierto (Is 35, 4ss).

Todos estos signos hablan de algo nuevo que introduce el pueblo en el camino de la salvación realizada por Dios.  El hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libera a los cautivos (Sal 145).

El evangelio (Mc 7, 31-31) nos presenta a Jesús caminando con la gente, atravesando junto a ellos el territorio de Decápolis, después de pasar por la región de Tiro para llegar al mar de Galilea.  Escucha la voz suplicante de los que le presentan sus problemas. Cuando le traen a un sordomudo, Jesús lo separa de la multitud y en un trato bien personal, comienza la sanación.   Y sin demora, ya todo está listo para que el hombre sea liberado de lo que lo limitaba. Recobra el habla y por fin puede comunicarse.

Llama la atención que, aun teniendo todo listo para actuar (la saliva y sus dedos), Jesús se encomienda al Padre: “levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo al sordomudo: Effatá, es decir, ábrete”.

Este modo de sanar habla de un Dios dispuesto a responder a lo que nos pasa. Es un Dios que nos toca para abrirnos a su presencia y acción en nuestra vida. Dejarse tocar por Dios para ser sanado; abrirse a su gracia, a su bendición… los que han visto las obras de Jesús no se resisten a proclamarlas, a pesar de que él se lo prohíba; y dicen “todo lo ha hecho bien”. Así como a la hora de crear, Dios vio que todo estaba bien, hoy es el mismo quiere conservarlo todo bien, para que todo se mantenga bien. ¡Formidable!

¿A qué nos invita todo esto? A reconocer siempre que Jesús actúa en nuestra vida; que hay muchos que quisieran beneficiarse de sus gestos; que hay que abrirse a él, a su bondad; que no nos basta sentir que Dios actúa en nuestra vida, hemos de hacer un paso más llevar la alegría de ser salvados a los demás; que nos desinstalemos de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo para dejar que, por medio de nosotros, Dios se manifieste a los demás por medio de nuestro servicio… En resumen, estamos invitados a comprender que, habiendo recibido la gracia de Dios, la comuniquemos y dejemos que llegue a todos.

La carta de Santiago (Sant 2, 1-7) insiste sobre la actitud, el trato que le damos a los demás; especialmente a los pobres. El modo de vivir nuestra fe debe llevarnos a no hacer acepción de personas; a respetarnos en nuestra diversidad valorando a cada uno en su dignidad de ser hijo e hija de Dios. Solo así seremos herederos del reino de Dios. Que María Santísima interceda por nosotros en esta tarea.  ¡Que así sea!

P. Bolivar PALUKU LUKENZANO, a.a.-