Domingo III, adviento C

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Alégrense, estén siempre alegres en el Señor.
Vuelvo a insistir: alégrense.
El Señor está cerca (Filp. 4, 4-5)
Cuando tantas malas noticas nos invaden con tragedia en torno al mundo, en este domingo tercero de Adviento, la liturgia de la Palabra nos invita a la alegría. Ya en la primera lectura el profeta Sofonías nos decía: “Grita con alegría, hija de Sión… ¡Alégrate, regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!
Pero, ¿por qué motivos tenemos que estar alegres? La respuesta a esta pregunta puede parecer tan simple que hasta puede parecernos insospechable. Al acercarse la Navidad, nos alegramos porque ya llega nuestra salvación. Jesucristo viene a nosotros.
Si confiamos en que el nacimiento de Jesús en nuestras vidas nos ayuda a cambiar nuestra manera de pensar, de ver, de juzgar y de ayudar, tenemos motivos de más para alegrarnos. Porque sabemos que la cercanía de Dios, por medio de su Hijo Jesucristo, nos renueva y nos da un sentido profundo de felicidad que tanto anhelamos. La llegada de Jesús a este mundo cambia el egoísmo por la solidaridad y por compartir lo que somos y tenemos.

A pocos días de celebrar el gran acontecimiento de la venida de Dios en nuestra historia, estamos llamados a aclamar al Señor con alegría porque en su infinito amor, Jesucristo nos une a Dios en quien nuestra vida tiene mayor fuerza. Ahora bien, necesitamos permanecer unidos a ese mismo Dios para que en él vivamos plenamente esperanzados.
La segunda lectura que hemos escuchado de la carta a los Filipenses 4, 4ss nos pide vivir nuestra fe con alegría; y que en virtud de ello brillemos con nuestra bondad y que, esta bondad sea conocida por todo el mundo… uf… ¡Qué tarea! La expandir la bondad. Eso puede ser fácil si estamos conscientes de que cualquiera sea la circunstancia en que nos encontremos -agradable o no tan agradable- todo forma parte de la vida y que en todas ellas necesitamos hacer acto de fe y llevar esta misma fe a la vida. De modo que cuando sufrimos, no debemos olvidar que Dios está de nuestro lado y que viene en nuestra ayuda, en fin que Él está siempre con nosotros: por eso hemos de estar siempre alegres…
¿Qué más queremos entonces si ya tenemos la seguridad de que Dios viene permanentemente a nuestro encuentro?
A lo mejor, la pregunta que debiéramos hacernos es: ¿Qué más podemos hacer? o ¿Qué tan preparados estamos para reconocer y recibir a este Dios que viene a nosotros en cada momento de nuestra vida, y de manera especial, que quiere venir a nacer en nosotros en Navidad? ¿Qué debo hacer para vivir un encuentro auténtico con Jesús en lo cotidiano? ¿Qué me falta cambiar de mí, para vivir alegremente la fiesta de Navidad que valga la pena de ser vivida en su sentido verdadero de-pensar-en-y-con los demás? ¿Estoy dispuesto a alegrarle la vida a alguien en este día y todos los días?

Obviamente, como nos recuerda el evangelio de San Lucas 3,2-3.10-18, necesitamos conversión: cambio de actitudes; cambio total de vida. Estamos invitados a llevar una vida más centrada en Jesucristo, en el Dios bueno para estar atentos a las necesidades del prójimo; respetar a los demás; ser rectos, justos y comprensivos en nuestro trato con los demás.
Definitivamente, ¿Con qué nos quedamos hoy?
Que se nos invita a esperar con alegría la venida de Jesús; a descubrirlo en cada una de las actividades de la vida: desde la cosa más simple como en el respirar hasta en lo más complejo como llevar grandes responsabilidades familiares, estudiantiles, laborales, pastorales, etc.
Que dispongamos el corazón a sacar de nuestra vida todo lo que no nos deja escuchar la voz interior del Espíritu de Dios en el cual hemos sido bautizados;
Reconozcamos que Jesús ha hecho de nosotros hijos e hijas de Dios; por ello él es motivo de nuestra alegría que impulsa a estar dispuesto a perdonarnos, a purgar nuestras culpas con un verdadero arrepentimiento, a levantarnos cuando caímos…
¡Que en nuestro entorno, a nadie le falte un motivo para vivir alegre!

P. Bolívar Paluku aa.