III DOMINGO DE PASCUA C

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Jesucristo el Señor quien fue condenado a muerte, resucitó y se manifiesta presente en nuestra vida. De Él, dan testimonio Pedro y sus otros amigos apóstoles. Por más que los sumos sacerdotes se lo prohíban, los apóstoles están determinados a anunciar la victoria de la vida sobre la muerte, el triunfo del bien sobre el mal, la fuerza de la verdad por encima de las mentiras.
Una pregunta surge: ¿A quién hay que obedecer, entonces? “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Porque es el Dios de nuestros padres y de nuestra historia. El que da consistencia a nuestra existencia. Ese mismo Dios que, en la cruz, exaltó a Jesús para darle poder, honor y hacerle jefe y salvador. Por defender esta convicción, los apóstoles serán azotados, pero no se callaron ya que nadie podía contra estos testigos de
la resurrección del Señor.
Hoy en día, somos llamados a declarar fuerte con nuestra vida, que Jesucristo todavía tiene un lugar particular en nuestro mundo actual. Su luz transparente quiere iluminar las tinieblas de la soberbia, de la codicia y de las divisiones que azotan nuestras familias y nuestros pueblos. Y, el Espíritu Santo, nuestro confidente consejero busca iluminarnos para sobrellevar las dificultades viviendo el evangelio de Cristo. ¡Seamos capaces de ser testigos de Jesucristo en toda circunstancia de nuestra vida! Como en el tiempo de los apóstoles, el Señor no quiere que triunfen los enemigos de la fe. Él nos “hará revivir” (salmo 29) aun cuando parece que ya no hay ninguna solución posible para nada.
Cristo quien se apareció por tercera vez a sus discípulos (Jn 21, 1-19) para fortalecer su fe, hoy en cada momento se nos aparece. Jesús se nos presenta para darle un rumbo nuevo a nuestra rutina. Tal como Pedro y sus amigos, en medio de la desilusión, decidieron volver a sus antiguas actividades de la pesca y es allí que Jesús les dio la sorpresa, a nosotros Él se
muestra de diferentes modos. ¿Somos capaces de captar su presencia con nosotros? Pedro y sus amigos no podían pescar nada durante toda la noche cuando estaban sin Jesús. La noche, momento favorable para captar peces no bastó. Pero, al llegar Cristo resucitado, la pesca les resultó incluso en un momento no apto para una buena pesca. Solo les dijo “Tiren la red a la derecha de la barca, y encontrarán. Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla por la abundancia de los peces” (Jn21,6). En la vida personal y en la familia, podemos observar que, al estar unido a Jesús somos fortalecidos.
Y somos capaces de disfrutar de la serenidad y de la paz del corazón que solo Él sabe darnos, incluso en los momentos duros como los que experimentamos estos tiempos.
La red de los apóstoles se llenó de muchos peces y ni así se rompió porque allí estaba Jesús. La comunidad de los creyentes centrados en Jesucristo no puede ceder a las divisiones. Los pueblos que se saben aferrarse a Cristo pueden superar las fisuras y las divisiones con el perdón, la reconciliación. Con Cristo, y con la apuesta de destacar más el vínculo de amor entre nosotros, buscando el bien común, saldremos adelante y podremos
edificar una sociedad de hermanos en Cristo donde el compartir sea una oportunidad de suavizar el dolor de cuantos sufren… ¡Quiera Dios que nos comprometamos, cada uno desde su realidad, a dejarnos renovar por la resurrección de Cristo que nos llena de
esperanza al alimentarnos con su cuerpo glorioso en la eucaristía! “Cristo vive en mí
aleluya. ¡Oh, qué maravilla que Cristo viva en mí!”

P. Bolivar PALUKU LUKENZANO, aa