Domingo XIII. T. O. C

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Hoy la liturgia de la palabra nos invita a seguir meditando acerca de nuestra vocación cristiana: ésta es la libertad que recibimos de Cristo. En  este tiempo en  que todo se mide por intereses económicos, por  el éxito personal, elegimos servir (seguir) a Cristo. Nos convencemos  que no hay excusas que puedan entorpecernos en nuestra opción por Cristo (ni la familia, ni el trabajo, ni el relajo) porque también todo eso lo integramos en el camino de nuestra fe en Cristo. Es decir, que todo cuanto podamos planear forma parte de nuestra pertenencia a Cristo.  “Las palabras de Jesús  evocan  la generosidad y la radicalidad con que Eliseo dejó todas las cosas para seguir al profeta Elías” según hemos leído en el 1Re 19. 
San Pablo en  la carta a los Gálatas  nos “instruye para que no perdamos la libertad lograda en  Cristo  y nos advierte sobre el uso correcto de esta gracia”. En  Jesucristo vivimos bajo una nueva Ley,  la Ley del Espíritu. Esta ley nos exige el servicio mutuo, una entrega generosa a los demás. En virtud de esta libertad, somos capaces de ir lejos de nuestros propios intereses para pensar primero a los demás: “háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor” (Ga 5,13).  

Los seguidores de Cristo, lo somos no solo porque nos bautizaron  chiquitos, sino porque libremente sabemos que es necesario y es vital vivir en Dios. Nuestro Dios nos quiere. El entiende  nuestras realidades mucho más que nosotros mismos. El mismo nos invita a sentirnos permanentemente acompañados por Él. Por eso queremos seguir creyendo en  Él: queremos estar con Él en todo lo que vivimos. Por tal motivo, le hacemos muchas promesas como por ejemplo: Dios, te prometo que no mentiré nunca más. O bien,  Señor caminaré siempre a la luz de tus mandamientos;  o también  daré más tiempo a mi familia o a mis amigos;… y la lista puede seguir.  Y podemos pasar de una promesa a otra hasta, a veces, olvidar lo que hemos prometido. 

El evangelio según  san Lucas que leímos hoy nos presenta a los de Samaría que no querían recibir a Jesús con  sus discípulos.  ¿Hay en  nuestras actitudes algo de rechazo a la presencia de Cristo en  nuestra vida? Cuando vivimos como si los demás no existieran, es a Jesús a quien  rechazamos. Toda indiferencia l próximo, es indiferencia frente  a Dios.   Contrapuesto a eso, en el mismo texto del evangelio de hoy,  observamos la experiencia de alguien que quería seguir a Jesús: “Maestro, te seguiré donde vaya” (Lc 9,57). A lo que Jesús responde, que él, ni siquiera tiene donde reposar la cabeza. Como para decir que está liberado de todo lo que le impediría a cumplir su misión.  Asimismo,  a los que  Jesús llama, El nos advierte que la decisión  debe ser radical: vivir según el camino de Dios es una elección, es un compromiso personal que debe hacerse desde el fondo del corazón. En ello, ninguna preocupación por la familia, por los seres queridos debe ser un obstáculo. Porque quien decide seguir el camino de Cristo elige la mejor parte por amor a Cristo y los demás. Así es que, “El que pone la mano en  el arado y mira hacia atrás,  no sirve para el reino de Dios…” (Lc 9, 62) Si queremos ser fieles a los valores cristianos, no tenemos ninguna excusa para no cumplirlos. No hay excusa que pueda limitar nuestra voluntad de servir a los demás y a Dios: “Deja a los muertos enterrar sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9,60) como para decir, libérate de tus seguridades personales, familiares, laborales y aférrate a Dios que te da esperanza incluso en el momento de pena, de preocupaciones…   ¡Ojo! Al seguir a Cristo podemos renunciar a ciertas cosas valiosas como son  la familia,  la tierra propia, “no perdiendo el amor por ellas, sino elevando este amor (por la familia, trabajo, tierra,…) a un  amor más alto y más vasto” (Cardenal Roncalli, 3 marzo 1957). 

P. Bolivar Paluku Lukenzano aa