Reflexión del Padre Bolivar Paluku: ¿Qué aprendemos del COVID19?

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Además de ser peligroso, el Coronavirus nos dejará lecciones para la vida. Nos ha despertado. Nos ha llevado a valorarnos tales: como personas que nacemos y permanecemos ligados a una familia y que ésta es nuestro espacio donde refugiarnos. A la vez, con esta “pandemia” aprendemos que lo más profundo de nuestro corazón representa es lugar donde podemos sentir la paz, la libertad plena. Ya que es en este fuero interior de nuestro ser donde Jesucristo nos habla y nos susurra diciendo:

“No se atormente su corazón, creen en Dios, crean también en mí” (Juan 14, 1).
“¡Ánimo! No tengan miedo, soy Yo” (Mateo 14,27).


Ciertamente, muchas son las lecciones aprendidas y muchas las riquezas humanas conseguidas de esta pandemia del COVID19: el valor importante de los seres queridos ( nuestra gente), el saber centrarse en lo esencial de la vida, conseguir apaciguar los ánimos y frenar el activismo; aprender a ocuparse sin estresarse, disfrutar las pequeñas cosas de cada día; apreciar el sentido de cada gesto; darle un lugar especial a la familia; extrañar y valorar más los encuentros con los amigos y las celebraciones litúrgicas en nuestras iglesias, etc…


Ha sido un tiempo de aprender a parar la frenética vida acelerada del “tener que cumplir horarios, agradar a los jefes y compañeros a toda costa para ser apreciados. De allí, un descubrimiento de que: es mucho más importante ser que hacer; es más valioso vivir que dejarse absorber; es más
edificante atender a una persona que despacharla; vale más mirar a los ojos que fijarse en la apariencia; es más edificante escuchar más que oír ruidos sin atención alguna…


Adquiere más sentido el anhelo de salir a caminar, ir a ver a los amigos y/o a los vecinos. Será especial el primer reencuentro de las primeras miradas y los primeros saludos después de tanto tiempo. ¡Quizás, habrá más sinceridad en los “Te extrañé, te quiero, que gusto verte! Del fondo del corazón nacerá una profunda alegría de volver a vernos porque las demás personas me hicieron falta. Y, en los peores de los casos, con las que no se podrá volver a ver, el recuerdo de lo vivido antes servirá de apoyo y fortaleza.


El tiempo de cuarentena ha sido como de mucha reflexión, de aburrimiento y de creatividad a la vez. Tiempo de enfrentarse con los fantasmas y “demonios” personales en el silencio de la soledad. También es tiempo para reactivar las verdaderas riquezas atesoradas en el corazón.
Tiempo de amar sin doblez y de beber de la fuente viva del alma humana. Tiempo de estar y de ser para vivir. Tiempo de descansar sin cansarse. Tiempo de invertir en emociones positivas y de encontrarse con lo valioso que es ser uno mismo. Tiempo de cuidarse para cuidar a los demás.
Tiempo de “atenderse”, de escucharse sin condicionamientos. Tiempo par cultivar paciencia sin desesperarse de la rutina.


Tiempo para ser creativos con los mismos y mínimos medios. Tiempo de darle importancia al otro que me cuenta la misma historia una y otra vez. Tiempo de revertir lo de siempre en posibilidad para inventar algo nuevo.


Tiempo de ver con otros ojos la misma planta que muchas veces no tuve tiempo de mirar. Tiempo de hablar con calma, disfrutando la respiración. Tiempo de ocuparse sin desgastarse.
Cuarentena como tiempo de crisis y de posibilidades: momento de aprender a percibir que la vida es aquí y ahora; que hoy es la oportunidad para apreciar lo pasado y de abrirse al porvenir; que siempre es posible confiar y agradecer.


En cuarentena obligada, podemos descubrir lo importante que es decir: “¡Alabado sea Dios porque sigo respirando naturalmente hoy! ¡A Dios gracias porque hay hombres y mujeres que se la juegan para salvar vidas! ¡Gracias por este tiempo de incertidumbre que nos revela el secreto de esta certeza según la cual : “Solo Dios basta”(Sta. Teresa de Ávila) y que en Él nuestra vida tiene firmeza cuando codo a codo buscamos juntos el bienestar común…


P. Bolivar Paluku Lukenzano aa.