Domingo V, Cuaresma, B: “Como un grano de trigo que muere, dar la vida es ganarla para la salvación”!

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Para todo ser humano, la vida es tesoro más valioso que tenemos. Por eso, la muerte física nos angustia, nos entristece. Este último tiempo sobre todo nos ha dolido escuchar de tantos muertos. Sin embargo, existe otro tipo de muerte que es la falta de sentido de la existencia. Desde la fe en Jesucristo, entendemos que la vida humana no acaba con la muerte física. “Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”.

En este último domingo de Cuaresma, ya la palabra de Dios nos lleva a meditar sobre la resurrección en términos de un grano que muere para dar vida. Somos un pueblo de la nueva alianza de Dios que ha querido salvarnos de todo lo que nos angustia, incluso de la muerte.

En evangelio, Jesús nos habla de su glorificación: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será glorificado” (Jn 12,23). Con la elocuente comparación del grano de trigo, nuestro Señor se presenta como ese grano que morirá para que de él surja vida abundante. A la vez nos estimula a no apegarnos egoístamente a nuestra vida, si queremos conservarla para la vida eterna. Jesús, no sólo nos obtiene la vida, también arroja afuera al Príncipe de este mundo, Satanás, el autor e inspirador de todo mal.

De esta manera, el profeta Jeremías en la primera lectura, anunciaba que ya surge la Nueva alianza que Dios ha querido hacer con nosotros. Quiere poner su Ley de amor dentro de nosotros. Y, con eso, él hace de nosotros su pueblo y Él mismo se hace nuestro Dios: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado” (Jr. 31,31-34). ¿Qué pretende Dios cuando elige para sí un pueblo? ¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Cuándo nos llama estar en sus caminos y de qué modo?

Dios nos desea lo mejor. Quiere nuestra salvación. Dios nos propone un camino de vida. Esta vida que, desde aquí, experimentamos y que, habiendo sido probada por los dolores y los sufrimientos de este mundo, tendrá su realización plena en Dios, en la vida eterna.

Jesucristo lo sabía y por eso “dirigió durante su vida terrena suplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas… y fue escuchado” (Heb 5, 7ss). De esta manera, en Él y por medio Él, tenemos la promesa de la vida eterna. Él es el Sumo Sacerdote de la nueva alianza, de la nueva oportunidad que Dios nos sigue dando todos los días. Es el mismo Jesús que ha sellado, la nueva alianza, con su sangre ¡Cómo no creer en Él! ¡Cómo no aferrarnos a Jesús si por Él somos salvados!

La semana Santa que ya se acerca será para nosotros un momento de contemplar a Jesús, esta fuente de vida, Aquel que acepta morir para que vivamos en Él. Alabémosle y démosle honor y gloria por siempre. Amén.

P. Bolivar Paluku, aa.