Domingo II de Pascua, A:   …Jesucristo nos da la Paz… El es nuestra paz…

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En  la experiencia de los primeros cristianos tenemos la referencia de lo que debe ser nuestra vivencia de la fe: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2,42). En los primeros tiempos, los cristianos vivían plenamente su fe: unían su fe a su vida. No solo se juntaban para rezar, sino también se ayudaban  mutuamente poniendo en común (para el beneficio de todos) lo que cada uno tenía y lo que era… 

La fe se expresa no solo en  discurso, sino bien que se traduce y se manifiesta en  la vida cotidiana. Es cuestión de actitudes y de compromiso real con la vida. 

Debemos dar gracias a Dios por el don de la fe. Esta fe que fortalece nuestra esperanza en Dios y nos ayuda a reconocer los pasos de Dios por nuestra vida. Demos gracias a Dios porque es bueno, porque es eterno su amor (sal 117).

Así como San Pedro, estamos llamados a proclamar en alto: “Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo que, en su gran  misericordia, nos hizo renacer por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva… Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación a ser reservada en el momento final” (1Ped 1,3ss).  

Por eso ya ni las dificultades ni los problemas de la vida nos separan de la vida en Cristo porque la luz de la fe, aunque no suprima nuestro sufrimiento, nos reafirma en  la victoria de la vida sobre la muerte, victoria de la fe sobre la incredulidad, en la fuerza de la esperanza sobre la desesperación.

Tomás, que no creía hasta que vio y tocó al Señor, termina proclamando: “Mi Señor y mi Dios” porque la paz de Cristo habita en su corazón,  porque ha dejado por fin que el Espíritu de Dios penetre y more en él. 

Si después de la muerte de Jesús  los apóstoles estaban asustados y confinados en una habitación por miedo, en  sus apariciones, Jesús se encargan de animarlos con su paz: “La paz esté con ustedes” (Jn 20,19). ¿Cómo podemos vivir en paz si Dios no habita en nosotros? ¿Cómo vivir en  paz con los demás si no estamos en paz con nosotros mismos? ¿Cómo mantener la paz si la amenaza de la pandemia nos arrincona en nuestros mundillos? 

La paz verdadera se encuentra en  el fondo del corazón de cada uno. Es un don. Es el camino de reconciliación y de respeto. La paz nos impulsa a vivir en  la verdad y en la sinceridad con Dios y con nosotros mismos. 

A sus discípulos, Jesús les saluda deseándoles la paz. ¿Cuántas veces hemos deseado la paz a los demás,  sobre todo a aquellos que no nos caen tan bien? 

Es tiempo de resurrección, es tiempo de paz y alegría en  el Señor. Tomás no estaba en paz hasta que vio al Señor en compañía de su comunidad y se encontró personalmente con El. ¡Que podamos fortalecernos mutuamente en la fe con la participación  en la vida de nuestra comunidad eclesial! ¡Y que seamos capaces de ser testigos de la resurrección de Cristo con nuestras actitudes y en la vida de los que nos rodean! 

¡Que nuestra fe nos lleve a vivir de tal modo que los que nos vean  digan: Miren como se aman, miren como viven en paz, miren como su vida irradia serenidad y generosidad y como  son capaces de promover la reconciliación en nuestras familias, en este país como en todo nuestro mundo! ¡Seamos capaces de anunciar el amor de Dios, más bien vivir de ese amor divino. Aferrémonos a Cristo de quien procede la Salvación y la Esperanza que perdura. 

P. Bolívar PALUKU, a.a.