Reflexión para este Domingo IV, Adviento C: ¡Ven Señor Jesús a aliviarnos!

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Cuarto y último domingo de adviento. Con este domingo estamos celebrando lo último del tiempo de espera al Niño Dios. ¿Estaremos ya preparados para recibir aquel que viene hacer historia con nosotros, el Emmanuel, Dios-con-nosotros? En las lecturas bíblicas que escuchamos en este domingo se nos recuerda el modo sencillo por el cual Dios se acerca a nosotros, él se nos regala en la sencillez.

La primera lectura del profeta Miqueas (5, 1-4ª) nos habla del anuncio del nacimiento de un rey desde un lugar pobre y humilde. Se trata de un príncipe de la paz que devuelve la dignidad al pueblo que Dios se eligió como propiedad suya: “Tu, Belén Efratá, tan pequeña entérelos clanes de Judá…”. Es decir que Dios se nos manifiesta en la sencillez. Quiere hacer de nosotros su pueblo. Nos llama permanentemente a recibirlo para realizar su voluntad en nosotros. De allí que Jesucristo, nuestro Salvador, viene a restaurarnos, a fortalecernos solo porque nos ama y no por nuestros méritos. Él no quiere de nuestros sacrificios superficiales. Él quiere que vivamos plenamente como mujeres y hombres nuevos. Jesús viene no para condenar sino a enseñarnos a amar y a entregarnos a los demás.

En el evangelio (Lucas 1, 39-45) se nos muestra con la Visitación de María a Isabel que, aquel que ha recibido a Dios no queda quieto hasta compartir, divulgar la Buena Noticia. Como ya sabemos, el mensaje del ángel no alejó a María de sus problemas. Sino que ella va compartir con su prima Isabel la alegría y su secreto de ser madre, no cualquier madre, sino, Madre del Salvador del mundo.

Probablemente que María, en su juventud, aprenderá de su prima Isabel a acoger el mensaje de Dios. Por eso, se exclama: Dichosa tú por haber creído que se cumpliría en ti la promesa de Dios. Y continuaríamos: ¡Dichosa tu por haber hecho caso a la solicitud del Dios! ¡Dichosa eres tú María porque nos enseña que vale la pena confiar plenamente en Dios para abrir nuestro corazón a los demás!

Del encuentro de María con su prima Isabel, podemos aprender lo siguiente:

– que Dios nos moviliza, nos motiva a servir a los demás

– y que si estamos atentos a la voz de Dios, en nuestras actividades, podemos llegar a ser anunciadores de la salvación tan solo con nuestro modo de vivir, con nuestros gestos, con la disponibilidad de colaborar con Dios desde lo que somos y tenemos.

Además del encuentro de María con Isabel, el evangelio nos habla del contacto de Juan Bautista con Jesús. El Bautista salta de alegría al sentir que el Hijo de Dios se le acercaba. He aquí una típica escena de encuentro del mundo de Dios con nuestro mundo humano. Cuando Dios nos toca, se siente porque algo se mueve en nosotros. Es decir un verdadero encuentro con el Salvador no nos deja quietos, nos mueve a pensar y a ver diferente, con ojos de fe…Además, saltamos de alegría porque Cristo nos libera y nos desata de las angustias, nos reconforta en nuestras penas y en nuestros dolores.

En esta Navidad que ya toca a la puerta, ojalá podamos permanecer abiertos a la alegría que nos trae el Niño-Dios nacido de Belén para que sepamos darle sabor a la vida de tantos hermanos que han perdido las ganas de vivir… Que seamos solidarios con los enfermos, los que sufren desempleo, exclusión y otro tipo de dificultades… ¡Que Jesús nazca en nosotros y que lleguemos a ser comunicadores del amor de Dios en todo lugar y en cada momento!

P. Bolivar Paluku Lukenzano aa.