El bullying, el pasado Una experiencia propia

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En estos últimos años esta palabra, bullying, ha resonado constantemente en todos los medios sociales sobre todo por las diversas situaciones que viven muchas personas que experimentan este sufrimiento. No pretendo realizar una investigación sobre el tema, creo que existe material suficiente para comprender este fenómeno o por lo menos para tener una idea sobre su gravedad.  Lo que a continuación voy a redactar recoge mis propias experiencias estudiantiles y el cómo pude vencer esta situación que me interpela profundamente. Creo que a raíz del último y único video que realicé hace unos meses sobre mi historia que tenía como objetivo vislumbrar el “don del sacrificio” como un principio fundamental para mi madurez personal (una madurez que es continua y que sigue en formación pues estoy convencido que dicha formación sólo termina con la muerte); puedo traer a colación a la vez mis experiencias con respecto al bullying.

Considero que hasta los veinte años mi personalidad era muy silenciosa, tímida y con cierto recelo por el entorno social, que se traduce en miedo a hablar en público, entablar amistades duraderas, encerrado en los estudios y el quehacer básico de casa. Todos los recuerdos que llevo en mi mente retroceden a mis tres años de edad, pequeñas pinceladas que las tengo guardadas en mi memoria. A los cuatro años comenzó mi camino estudiantil en el jardín de infantes de la escuela “Cristóbal Colón” fue un año que impregnó en mí ese don y ese deseo de servicio y a ello atribuyo mi pasión por la educación. No obstante en los cinco años posteriores tuve que presenciar actos que no correspondían a una vida propiamente normal de un estudiante. Antes que nada debo aclarar que en mis tiempos la palabra bullying no era mencionada y mucho menos con las mismas categorías actuales que corresponden a una protección, casi exagerada, a los estudiantes y que también radicaba fuertemente en la figura del profesor. En estos cinco años de primaria en la misma Institución, posterior al año del jardín de infantes, la presencia de una profesora estricta era un referente de miedo extremadamente fuerte y que tocaba mi propia personalidad.

Casi la mayoría sabe que todas mis actividades las realizo con la mano izquierda (a excepción de entonar la guitarra), dicha profesora utilizaba métodos obsoletos para eliminar mi forma de escribir con esta mano porque, según esta profesora, escribir con la mano izquierda era un pecado; recuerdo que llevaba un puntero y muchas veces recibí golpes fuertes en mi mano izquierda con esa intención. Como lo dije anteriormente, era muy silencioso y tímido que incluso a mis padres no les comentaba estos hechos hasta que un día mi madre, en una visita regular, vislumbro este suceso, su reacción fue como cualquier madre (no quiero meterme en los hechos posteriores a este evento), el médico que nos atendía fue también un buen medio para enfatizar mi modo de escribir (con la mano izquierda) como algo normal. A pesar de esto, mi madre anhelaba cambiarme de grado, no obstante, esas decisiones para mi forma de ver no correspondían a una perseverancia por lo que uno quiere y he aquí que viene mi secreto; siempre en mi lenguaje estuvo presente ante situaciones como esta el “no me voy a dejar”, a pesar de que no continuó con su formación salvaje, existían compañeros que si lo llevaban que se traduce en ejemplos como romper mis cuadernos o burlarse por mi propio físico (muy pequeño), sin embargo, nada de eso entorpeció que continuara con mi formación. Dos referentes fuertes vienen a mi mente en este tiempo, dos personas grandiosas a quien agradezco enteramente por su presencia, por un lado, mi profesora de jardín, Yolita Fabara, quien sembró en mí esa pasión educativa, y por otro lado a mi compañero de estudios primarios que siempre estuvo presente, a quien sólo denominaré con las siglas D. M.

En este momento escribo la etapa más difícil de mi vida en donde comprendo hoy por hoy cómo vivía en carne propia este hecho del bullying de manera muy drástica.

Mis padres siempre apuntaron a tener unos hijos dedicados que sean unos buenos profesionales (y lo consiguieron); en mi caso anhelaban un hijo ingeniero industrial, me motivaron a ingresar en el colegio “Ramón Barba Naranjo” para poder encariñarme con esta profesión, aunque debo reconocer que sólo eran ilusiones porque jamás me llamó la atención ni la ingeniería ni la medicina (y paradójicamente tengo una hermana médica y un hermano ingeniero), mi pasión siempre estaba escondida con la educación, la filosofía y la teología. Al inicio con cierto miedo por la distancia fui adentrándome al mundo de la secundaria, era la primera vez que salía de mi entorno, Salcedo, para continuar con los estudios. No pretendo realizar un relato cronológico de esta etapa, sólo quiero poner los ejemplos de este fenómeno en mi vida y poder compartirles como esta frase “no me voy a dejar” me llevó a luchar y en cierto sentido en soledad, a ser el hombre que hoy soy.

Entrando a los 11 años de edad y siendo el más pequeño de un grupo de 50 estudiantes, el primer caso que expongo recoge a profesores y estudiantes. Las horas de educación física se llevaban a cabo en el patio del establecimiento educativo y, siendo el más pequeño, la fila de 50 estudiantes tenía una dimensión en donde cerraba este rondador de estudiantes con mi presencia. Ya en un momento de ejercicios, alguien mencionó alguna broma al profesor, algo que para mí sigue siendo un misterio porque nunca llegué a saber cuál fue la broma, lo que sí es claro es lo que posteriormente pasó, varios estudiantes responsabilizaron dicha broma con el supuesto “el Santana fue”, yo, siendo el último de la fila, no estaba al tanto de nada no obstante, se acercó el profesor de educación física, quien me dio un golpe en la cabeza y me sacó de la fila halándome de la patilla para hacer unos ejercicios más intensos (solo). Curiosamente mi madre estaba presenciando todo y con lágrimas me retiró para hablar con el Rector. Tuvimos una conversación con el Inspector general quien puso una amonestación al profesor; mi madre me ofreció retirarme de la Institución pero siempre tenía presente en mi corazón el “no me voy a dejar” porque, al fin y al cabo ¿quién me aseguraba que sería mejor en otro establecimiento? Yo seguí adelante, el profesor me dejó en supletorio (como se solía llamar antes por la falta de puntos para aprobar el curso). Él sabía que me daba miedo las barras y por lo mismo me señaló que debía realizar la famosa “caída del gato” como examen supletorio, a pesar de mi miedo, practiqué todo el tiempo que pude y aprobé con la máxima nota.

A la vista de los profesores pasaba desapercibido pero no ocurría lo mismo con los estudiantes de curso y de cursos superiores. Recuerdo como en ocasiones los más altos de mi curso me llevaban al baño, me golpeaban e insultaban. Contenían un lenguaje soez y en momentos el mismo maltrato era exagerado, los golpes no eran pequeños empujones, eran verdaderos golpes, incluso al parecer conocían de técnicas o lugares que no pudieran ser fácilmente vistos por cualquier otra persona. Es cierto que lo primero que uno debería hacer es conversar con la familia o con algún profesor de clase, pero en mis once años, con una timidez extrema no quedaba más que seguir, llorar y pasar; ¿quién en sus once años quisiera hablar de cosas como estas?, ¿quién en mi situación de contexto machista podría estar quejándose de problemas estudiantiles?, hasta las ganas de ir al baño se volvían un sacrificio en estas condiciones, era mejor aguantarse y esperar.

Luego el regreso a casa a seguir con las labores del hogar, ayudando a nuestros padres. Mi abuelita, Teresa, que ya está en los brazos de Dios, una mujer verdaderamente santa, tenía en casa la venta de hierba, era su único ingreso, a quien debía ayudar sea cortando o cargando y luego en casa a continuar con la limpieza, posterior a esto una media hora del “chavo del ocho” en una pequeña televisión a blanco y negro, y así seguir como se pueda, con el cansancio, el miedo a retornar a clases, el miedo a recibir nuevamente golpes o insultos, pero debo ser enfático en que jamás falté a clases, sabía que si no era hoy sería cualquier día, sólo quedaba esperar. Fueron tres años difíciles, un adolescente de 11 a 13 años que empezó a confiar en Dios, porque para el pobre no había descanso y debía encontrar los modos para seguir luchando.

Un día llegué a casa muy enfermo, como estudiaba en un colegio técnico, la mayoría de clases las desarrollaba en talleres; un día en el taller de mecánica automotriz un estudiante me prendió un golpe con una llave mecánica en la cabeza, quedé medio inconsciente; lo único que el Inspector dijo: “se ve pálido, llévenlo a la parada de buses”; llegué a casa con un dolor fuerte en la cabeza, fui al médico y así regresé al otro día a clases. Todo me parecía relativo y pasajero: “no te preocupes mami sólo fue un accidente”, todo va bien. Por todos los medios buscaba estar en paz sin notar ese dolor que llevaba, increíblemente a eso se añade mi alegría y sonrisa, no son modos de maquillaje como los payasos, porque en mí, la alegría es mi propia esencia, me nace, es un don. Mis padres de partida sufrían ya por la situación económica, había ocasiones que debían rebuscar todos los armarios, debajo de la cama, etc., para poder juntar nuestros pasajes. Con medias rotas o remendadas por varias ocasiones así se debía ir, siempre transparente porque también la pobreza pasó a ser un don en mi vida, no una miseria, sino un estilo de vida en donde el materialismo ocupó un lugar secundario.

Recuerdo como un profesor muy sencillo se dio cuenta de mi situación por un caso concreto: dos estudiantes habían tomado la foto de este profesor y la habían puesto en una de las máquinas del taller de automotriz; aplastaron la foto y quisieron seguir con el mismo patrón, “fue el Santana”, pero como fui testigo directo de quienes lo hicieron no tuve miedo, en el momento, de hablar y decir quienes fueron, el profesor me creyó y pidió una amonestación a estos jóvenes. Estos dos “compañeros” si se les puede llamar así, me esperaban a la salida del colegio con otros tres estudiantes, ya pueden imaginarse para qué, sin embargo debo agradecer la preocupación de este profesor, quien decidió acompañarme todos los días para evitar esto, él intuía algo y tomo cartas en el asunto.

Toda mi presencia, ser pequeño, con uniformes viejos y rotos fueron medios para que me tildaran de “pordiosero”, y otras palabras fuertes que no me nacen escribir. Había días en que no teníamos para el recreo (colación). Todo era extraño, incluso cuando compraba llaveros para mi mochila me los robaban, parecía como que todos se pusieran en tu contra y justo ahí viene la tentación de hablar con el demonio: ¿por qué estoy aquí?, ¿por qué Dios me tiene?, ¿por qué no pude tener otro modo de vida?, etc. Ya el último año en dicha institución mi paciencia y mi capacidad de sufrimiento llegaron a su límite, fui sólo a la Unidad Educativa “Hermano Miguel” a hablar con el P. Remo Segalla, creo que le caí bien, quien me recibió para culminar los tres años finales en esta Institución. Incluso cuando comentaba que me cambiaría de colegio para ir al cuarto curso se burlaban: “como un pordiosero y muerto de hambre puede ir a un colegio como éste”; así que mejor guardaba silencio.

Tengo una gama amplia de ejemplos pero he plasmado aquellos que pueden introducir a redactar mi conclusión. Todo esto es una realidad y es la primera vez que la escribo con mayor detalle, es una realidad que la viven muchas personas y por eso entiendo a los niños y jóvenes que viven el suplicio del bullying, es algo que me afecta directamente porque lo viví. Cuando uno se es adulto, puede ver todo este pasaje como una verdadera escuela de aprendizaje y de enseñanza pero debo reconocer que sufro por quienes, experimentando este suplicio, deciden salir de este mundo por la falta de comprensión, de auxilio, de consuelo.

Cuando era adolescente iba a mi cama y pensaba en dormir pero con el deseo de no volver a despertar, sin embargo debo reconocer que jamás pensé en cortarme los brazos o en cualquier otra posibilidad de dejar este mundo, pensaba sí en la posibilidad de salir fuera de ese entorno pero la muerte no era la solución, posiblemente era la mejor escapatoria, pero la muerte tenía su trabajo y a ella tenía que dejarla que hiciera lo suyo cuando sea la hora.

¿Si esto ha llevado a no confiar en nadie? No lo creo, sino a ser más cuidadoso y astuto con la gente. Mi vida estudiantil sólo es una muestra de lo que se debe enfrentar y que varias veces no corresponde a nuestra edad. He sido testigo de personas que decían llamarse “amigos” pero por la espalda hablaban mal de mí incluso faltando a mi propia dignidad, también soy testigo de ver cómo para mucha gente la ropa de marca, un rostro bello, un buen apellido, etc., son referentes de agrado; no obstante, con todo lo que he vivido sigo confiando en el “otro” porque el ser humano es la obra más bella de Dios, unas veces nos fallan otras veces somos nosotros los que fallamos pero así se construye la vida.

Al final mi vida misma se entretejió entre la pobreza, el sacrificio y una felicidad que va más allá de las cosas, como por ejemplo el hecho de no ser fanático de los celulares, no me gusta, el primero que tuvo fue a los 22 años, un SIEMENS 3, lo compré a plazos con mi propio trabajo pero igual lo regalé a mis padres. En mi vida religiosa mis superiores me han obligado en cierto sentido a tener un celular pero casi no lo uso, no soy de celular lamentablemente; siempre y cuando sea por necesidad va bien.

Quienes hemos luchado así podemos disfrutar de lo que la vida nos da, podemos llorar con esperanza de los sufrimientos que se nos presenta. Hoy más que nunca me doy cuenta como el Espíritu Santo ha estado presente en mi vida, en mi alma y corazón.

Soy una persona que vivió el bullying y que puede dar fe de que se puede vencer a este problema, soy la muestra de que esta situación no es el final y no tiene la última palabra. Hoy en día estamos en una época en donde es más fácil acceder a fuentes de ayuda. También soy consiente que al profesor se le añade una misión más, ser los hombros para las lágrimas de muchos adolescentes, niños y niñas que sólo anhelan ser escuchados, que piden a gritos auxilio, que quieren ser consolados.

Este es el Cristian, el que va mostrando una sonrisa, el Cristian con aquellas heridas ocasionadas por este fenómeno, que me han hecho ser fiel a Dios y a mis principios; a amar a mis padres, mi familia y amigos. A orar por mis enemigos que posiblemente, y con seguridad, también viven momentos duros. A decir que todo es posible y que Dios me ha acompañado desde siempre llorando y riendo, a no dejarme vencer pues la vida es más hermosa de lo que uno se imagina.

ANEXO

Un día, a los 13 años, en que me golpearon a la salida del colegio, cuando regresé a mi casa no había nadie, sólo mi abuelita pero no se dio cuenta, tuve una hemorragia de la nariz en mi habitación producto del golpe y dibujé algo (que no es para hacer un análisis psicológico) con las lágrimas y la sangre. Aquí sólo presento una copia de esa imagen:

Al final está una piedra (supuestamente yo), la cruz, Jesucristo, brota como fuente algo de agua que moja la piedra, una piedra insignificante, ser inerte, que con el agua va limpiándose (sanando). En la parte superior un ojo, Dios Padre que también llora, los rayos alrededor de la cruz el Espíritu Santo presente en el dolor. Esta es la primera vez que hago pública la imagen. La original está plasmada en la habitación, en la pared de madera, (nadie se ha dado cuenta porque ya no es nítida en estos momentos, está detrás del escritorio de libros, tapado) queda sólo pequeñas partes por el tiempo que ha ido borrando la imagen.

El “no me voy a dar por vencido” no significa venganza, sino una donación a Dios para que Él vaya moldeando mi vida…

Ésta es mi historia, que puede ser la de muchos. No se dejen vencer…

Con cariño

Cristian

 

(Fuente: https://csantana96.wixsite.com/cristian27/single-post/2018/05/28/El-bullying-mi-experiencia)