Domingo XXIII, C: Ser discípulo de Jesús es amarlo radicalmente y comprometerse con el prójimo sin dejarse amarrar por nada ni por nadie…

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La liturgia de la palabra de este domingo vigesimotercero del año nos pone ante las condiciones centrales para ser discípulo de Jesús: amar más a Jesucristo con radicalidad (preferirlo más que a los seres queridos), ser responsable en el seguimiento; renunciar a las propias seguridades materiales y afectivas para centrar en Dios todos nuestros proyectos y aceptar consecuentemente la cruz (incomprensiones) que se presentan en el camino del Reino: “Cualquiera que venga a mí y no me ama más que a su padre, a su madre,  a su mujer, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”(Lc 14, 26). 
 
A  nosotros hoy, como a los discípulos de ayer, Jesús nos pide encarecidamente no anteponer nada a la opción por su Reino. Comprometer e integrar a los familiares, los afectos y la propia vida en esta aventura de vivir como Él. Y, cuando haya en algún ámbito de la vida algo que se interponga a esta elección de fe, asumirlo con libertad, llevarlo con  paciencia como a su propia cruz (Lc 14, 27), considerarlo como parte del camino a recorrer. No se trata de ir arrastrando cruces cualesquiera. Es incluir las que se presentan en nuestra vivencia de la fe como una ofrenda que complementa la de Cristo en su entrega generosa del calvario que culminará en la resurrección.  Es decir, el ser discípulo de Jesús conlleva también aceptar con sentido de salvación las distintas dificultades por las que hay que transitar en esta vida bajo el sol. San Pablo lo experimento cuando sufrió la prisión por causa del evangelio (Filemon 1, 9b-10.12-17). Se trata de mirar mis pruebas pesadas a la luz de la cruz salvadora del Maestro Salvador, sabiendo que el Señor es nuestro refugio (Salmo 89).
 
Vivir como discípulo de Jesús es desprenderse de todo apego (a los seres queridos, a las cosas, a los dolores) que nos lleva lejos del camino del evangelio de Jesucristo. Es estar dispuesto a preguntarse: ¿A quién  amo más? En  mi escala de amar, ¿Dios ocupa el lugar central? ¿Estoy dispuesto a entregar mi vida para seguir a Jesús?  En  todo, Jesús quiere que sus seguidores sepamos poner nuestra vida toda en sus manos. Y,  para estar preparados al seguimiento, debemos discernir con realismo nuestras disposiciones. Y si hacemos un buen discernimiento podremos resistir  e integrar las adversidades en la vivencia del evangelio. ¿Qué estrategias pongo en  marcha para crecer en  espíritu? ¿Estoy dispuesto a no anteponer nada al seguimiento de Cristo? ¿Hasta qué punto mi vida es fiel al seguimiento de Cristo? Qué bien nos hace meditar sobre la vida de Madre SantaTeresa de Calcuta cuya vida fue una total entrega a Dios y un amor sin frontera:
  Haz, Señor Jesús, que yo te ame más que mi propia vida, 
  Haz, Señor Jesús, que  yo te ame más que mi propia familia, 
  Haz, Señor Jesús, que yo te ame más que mi propio proyecto
Haz, Señor Jesús, que te yo ame más que todo lo que amo porque eres el centre de mi vida, porque en Ti mi vida tiene sentido… 
Haz, Señor Jesús, que yo te ame en  el hermano que me pide ayuda
Haz, Señor Jesús, que yo te ame y te defienda en  el migrante desconocido, en el abandonado, en el caído, en la víctima de la injusticia y de la codicia, etc.,…                                                 
 
P. Bolivar Paluku Lukenzano aa