Domingo XXVIII, A: ¡Gracias Dios por invitarnos a la fiesta de tu Reino Eterno!

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Estamos convidados a la fiesta del Reino celestial, fiesta del encuentro con el Padre Dios celestial que espera nuestra respuesta a su invitación que nos hace llegar por su Hijo Jesús. Las lecturas de la palabra nos invitan a contemplar con la esperanza alegre el triunfo sobre lo que hoy nos inquieta. La alegría que fortalece nuestra esperanza es que Dios nos ha preparado un banquete después de superar todos los obstáculos de este mundo: egoísmo, mentira, vanidad, injusticia, irresponsabilidad, dolores y sufrimientos con Cristo que nos “conforta”: “Yo lo puedo todo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13). ¡Que los pequeños éxitos de este mundo no nos hagan olvidar el llamado de Dios para la salvación y la vida eterna!

El profeta Isaías 25, 6-10ª, en la primera lectura afirma: “El Señor de los ejércitos está preparando para todos los pueblos, en este cerro, una comida con jugosos asados y buenos vinos…” (Is25, 6-9). Y la promesa que esperamos de Dios es grande: Él destruirá a la muerte para siempre… este es en verdad nuestro Dios… que nos salvará” (id.)

La parábola del evangelio (Mt 22, 1-14) profundiza aún más en este mensaje: Dios nos ha mandado una invitación para hacernos parte de la gran fiesta de las bodas de su Hijo. Todos han sido invitados. Cada uno desde su condición de vida, desde su misión particular. Y el Señor ya enviará a sus servidores para abrirnos ya las puertas. ¿Estamos dispuestos a ir a esta fiesta del amor de Dios? ¿Seremos capaces de superar el egoísmo para abrazar solidariamente el camino que Dios nos propone? O, ¿preferimos quedarnos con excusas y excusas ególatras?

“El banquete está listo y preparado” por Dios. Para participar de esta fiesta conviene crecer en la amistad con Jesús, el Hijo de Dios que se asemejó a nosotros cuando se encarnó, murió en la cruz y por su puesto resucitó. ¿Qué hacer para entrar? Solo el amor y la práctica de las buenas obras de caridad nos alistan para entrar en la fiesta de Dios. El que no ama a su prójimo, él que es indiferente se aleja del banquete de Dios. El festejo que nos prepara Dios es fiesta de la caridad. Los apóstoles, los profetas nos siguen anunciando la misericordia y la confianza en Dios. Él continúa dándonos muchas oportunidades. ¿De verdad, ¿las sabemos aprovechar?

La sala de la fiesta está abierta para todos: para buenos y malos. La Iglesia de Dios es para todos: Dios quiere que, por medio de la iglesia, se salven todos aquellos que se dejan guiar por su Espíritu Santo. Los que se creen ya satisfechos por su propio mérito, se encierran en su pequeño mundo y se pierden la oportunidad de entrar en comunión con Dios y con sus semejantes. Las personas que no viven de su fe se parecen a aquel hombre que fue expulsado de la fiesta porque le faltaba el traje de fiesta. La gracia de Dios y la práctica de la caridad fraterna, la ayuda solidaria, el apoyo a los demás son las formas que nos disponen a estar dignos para entrar en el banquete del reino de Dios.

Si respondemos con firmeza a la exigencia del amor al prójimo, ya tenemos lo necesario para vivir en comunión con Dios. La invitación es sencilla: amar al prójimo como nosotros mismos será el signo de nuestra sintonía con Jesús. Quién se resiste al encuentro con el otro, el que menosprecia a su hermano no puede ser aceptado a la fiesta. ¿Cómo irá a ser parte de una fiesta de unidad si está cerrando la puerta a otras personas? ¡Señor Dios, no te canses nunca de invitarnos a tu fiesta, ablanda nuestro corazón para que no tengamos excusa para no entrar en la fiesta del encuentro comunitario que nos preparas a tu Reino! 

P. Bolivar Paluku, aa.